Experiencias Personales Real Life

”La sensación de liberación comenzó en ese mismo instante.”

Nos siguen llegando vuestras experiencias y poco a poco las vamos subiendo. Hoy uno de nuestros compañeros nos cuenta su experiencia con la muy deseada mastectomía. Esperamos disfruten de la lectura.

Actualmente, años después de haber sido operado, me miro al espejo y puedo ver al hombre que era incapaz de imaginar cuando era pequeño.

No es ningún secreto que la mastectomía es, probablemente, la operación más deseada entre los chicos trans. Y mi caso, no era ninguna excepción. Nunca llegué a desarrollar un pecho extremadamente grande, ni siquiera grande para ser exactos. Gracias a Dios desarrollé unos pechos bastante pequeños y planos, por lo que nunca me vi obligado a utilizar ningún tipo de faja o binder, me bastaba con encorvarme un poco, tirar de la camiseta hacia delante o utilizar varias prendas de ropa para disimularlos. Pero aún así, como bien sabrán los chicos en mi misma situación, el trastorno psicológico es el mismo para todos.

“¿Y si se me notan?”, “¿Y si alguien me toca esa zona?”, “¿Y si hace un calor extremo?”… Preguntas como estas son las que te acosan día tras día y hacen que vivas de mal humor, irritable, y te sientas inseguro en todas las situaciones.

Para colmo, vivo en un lugar turístico y rodeado de playa. Este hecho convertía los calurosos veranos en un tormento. Entrar en cualquier red social y ver las fotos de todos mis conocidos pasándolo de miedo, mientras se bañaban y jugaban con la arena, hacía que se me revolviera el alma. Por supuesto, no significa que quien no tenga cerca una playa no lo pase mal; España es un país de temperaturas extremas en verano, y para todos los chicos trans, tener pechos es una desgracia a todas horas. En mi caso, la playa era la excusa para castigarme mentalmente y odiarme un poco más.

Finalmente llegó el día en que el psicólogo-sexólogo me dijo algo parecido a: “Ya puedo darte el informe para que te operes del pecho”. En ese momento la Seguridad Social no cubría la operación, y esta opción se reservaba a quienes podían pagarle a un cirujano privado. Esta situación me provocó un bajón, yo no tenía forma de costearme la operación o al menos eso creía, por lo que estuve unos días más triste de lo normal, hasta que varios días después le comenté a mi madre la situación. La alegría fue tremenda cuando mi madre me comunicó que debería habérselo dicho antes, ya que  mi padre y ella se harían cargo de pagarla. La sensación de liberación comenzó en ese mismo instante. Sobre la marcha llamé a la consulta del psicólogo para darle la buena noticia y que fuera preparando el informe, e inmediatamente después pedí cita en la consulta del cirujano Rafael de la Caridad.

Para el día de la consulta, mi felicidad ya era extrema. No me hizo falta acribillar al cirujano con preguntas, su profesionalidad era indudable. Fue él mismo quién me dijo que la operación, con mi poco pecho, podía hacerse a través del pezón, y como los míos eran bastante pequeños, no haría falta recortarlos. Además tomó algunas fotografías y su amabilidad y tacto especial, me hicieron sentir tranquilo.

Todo esto fue hace ya 4 años, y no recuerdo con claridad todo el proceso. Sé que hubieron algunas consultas más, yo estaba a punto de cumplir los 18 por lo que no había ningún problema legal. Mi madre, que me acompañó a todas las citas con el cirujano, acabó haciéndose amiga de las enfermeras y la secretaria que trabajaban allí, llegando incluso a llevarles dulces. También sé que hubo una cita con la anestesista que me realizó preguntas acerca de mi salud, y por último, llegó el día de la intervención.

Me levanté muy temprano para prepararme e ir a la clínica y cuando llegué, me subieron a mi habitación y me pidieron que me desnudara al completo y me pusiera una bata médica. Una celadora me dijo que ya estaban esperándome así que de inmediato me bajaron en silla de ruedas a la zona de los quirófanos. Allí me pusieron una vía y me dejaron un buen rato a solas. Recuerdo que hacía muchísimo frío allí dentro, y además yo no paraba de temblar de nerviosismo. Por fin apareció el cirujano y muy amable, me ayudó a levantar y medio desnudarme, para dibujar con rotulador una serie de líneas en el pecho. Entré en el quirófano andando tranquilamente, con el gotero en la mano. Me ayudaron a tumbarme en la camilla, y lo último que recuerdo es cómo me decían “ahora voy a inyectarte una cosita”.

El sueño fue muy intenso y no recuerdo haber soñado ni sentido nada. Desperté en la sala de posoperatorio, entre dos cortinas. Tenía muchas ganas de hacer pis, pero el sueño era aún más fuerte. La segunda vez que desperté, una enfermera vino a atenderme, y me llevaron de vuelta a mi habitación donde me esperaban mis padres. Pude hablar un rato con ellos, pero pasé mucho más tiempo dormido, hasta que las ganas de orinar fueron inaguantables. Cuando le pregunté a la primera enfermera si podía ir al baño, ésta me dijo que tan sólo podía usar el chato y que si no lo usaba, tendrían que sondarme. La amenaza me dejó pasmado, para mí fue imposible orinar tumbado, así que tuve que aguantarme de nuevo hasta que llegó otra enfermera mucho más simpática. A ésta le dije que yo me encontraba bien y que me sentía capaz de ir al baño por mí mismo. Ella me ayudó a incorporarme y a ir hasta el baño con el gotero y los drenajes, que luego sujeté para poder orinar a solas. Después de esto el alivio fue inmediato y pude seguir durmiendo.

Pasé una sola noche ingresado, durante la cual los enfermeros entraban y salían para ponerme los medicamentos y el suero en el gotero. A la mañana siguiente, vino el cirujano para ver si me encontraba bien. Me comentó que ninguna faja se ajustaba a mi talla, ya que yo era muy delgado, por lo que tuvieron que vendarme con fuerza. Después de esto me retiraron los drenajes; he de decir que fue una experiencia muy desagradable que me dejó sin aliento, pero no fue extremadamente dolorosa. Finalmente me dieron el alta.

De mi recuperación en casa tan solo puedo decir que lo peor fue el dolor de espalda. Debido al vendaje y a que pasé la mayor parte del tiempo tumbado boca arriba, la espalda me dolía de incomodidad. Una semana después por fin acudí al cirujano para que me retirara el vendaje y los puntos. Bajo el vendaje me habían dejado una faja que me quedaba larga. La primera visión del resultado final no es la mejor porque el pecho aún está amoratado y en mi caso, lleno de marcas de rotulador y manchas de betadine o algo por el estilo. El cirujano me dijo que debía llevar la faja bien ceñida al menos una semana más, así que mi madre la cosió por ambos lados como si de una compresa con alas se tratase. El resultado no es el más bonito pero sí el más práctico. Tampoco pude hacer esfuerzos durante un mes, y aún así pasado ese tiempo regresé al gimnasio con miedo de hacerme daño. Pero en general todo salió sin ninguna clase de problema.

El día en que me quitaron los puntos pude darme mi primera ducha (mientras mi madre cosía la faja) para borrarme todas las marcas y manchas con cuidado. Recuerdo que un par de días después me fui a la playa con mi padre, sólo para estrenarme, ¡y eso que estábamos en invierno y hacía frío!

En general fue una experiencia fantástica que me ayudó a ganar en calidad de vida, pero a modo de reflexión para quienes puedan estar viviendo una situación similar, diré que no hay porqué obsesionarse con el tema. Antes de pasar por todo este proceso yo había comenzado a soltarme e ir a la playa aunque fuera con camiseta, y ahora que el pecho ya no está, tengo nuevos miedos y paranoias… Así que ¡fuera complejos!

Si quieres hacernos llegar tu experiencia personal como chico transexual, como familiar o como pareja de un chico trans, no dudes en enviarnos un email a contacto@transboys.es contándonos tu punto de vista. ¡Nosotros te leemos!

 

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